sábado, 24 de diciembre de 2011

Maese Pérez el organista, de Gustavo Adolfo Becquer


Creo que no hay Misa del Gallo en la literatura hispana tan conocida como la del ciego organista Maese Pérez. Aquí se la traigo al querido lector para que la disfrute esta nochebuena. Feliz Navidad.



En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora le substituye.
Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.



  
- I -

-¿Veis ése de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora, que después de dejar la suya se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa obscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él sólo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco.
Mirad, mirad ese grupo de señores graves: ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. Mirad, Mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... ¡Y luego dicen que hay justicia! Para los pobres...
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la obscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina! ¡vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? ¿Aún no ha comenzado cuando lo dejan? ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo...
La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga la candelilla que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle obscura... Es decir, ¡ellos..., ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran..., y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas; verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues, nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo que a tientas..., porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. ¿Esperanzas de ver? Sí, y muy pronto -añade, sonriéndose como un ángel- ya cuento setenta y seis años; por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios...
¡Pobrecito! Y sí lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de la capilla de la Primada; como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...
En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle; y no se crea que sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mérito, sino hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano... Y cuando alzan..., cuando alzan, no se siente una mosca...; de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa, vamos adentro...
Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.



- II -
  
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Era la hora de que comenzase la misa.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa.
Ésta fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería cosa imposible; baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queréis yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez es el primer organista del mundo ni a su muerte dejará de usarse ese instrumento por falta de inteligente...
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.
-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa.
En aquel momento sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el introito, y el Evangelio, y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y después de haberla consagrado comienza a elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.
Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos a la vez, al confundirse, formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél a quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando, pero sus voces se apagaban gradualmente como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse cuando de pronto sonó un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros. Y nadie sabía responder y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
-¿Qué hay?
-Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.



- III -
  
-Buenas noches, mi señora doña Baltasara: ¿también usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece, pues en Dios y en mi ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello es seguro que nuestros nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... Ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o déjase de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una palabra de acá, otra de acullá..., sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades... Pues, sí, señor; parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación...; pero así va el mundo...; y digo, no es cosa la gente que acude...; cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes! Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no haya más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aires de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia.
El templo estaba tan brillante como el año anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
-Es un truhán, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decían los unos.
-Es un ignorantón, que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez -decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero y aquél apercibía sus sonajas y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de incienso, y sonó el órgano.
Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de metal del órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo, que sólo la imaginación comprende; himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca...
Cuando el organista bajó de la tribuna la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verle y admirarle que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.
-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron a su presencia-: vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?
-El año que viene -respondió el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.
-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.
-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro-, porque es viejo y malo y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna después de haber suspendido el auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras..., yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.




- IV -
  
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaron en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.
-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
-¡Miedo! ¿De qué?
-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar sus registros y templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál... Pero las campanas eran tristísimas y muchas..., muchas...; estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y obscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., le vi, madre, no lo dudéis, vi un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorría con una mano las teclas del órgano mientras tocaba con la otra a sus registros... y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora y el hombre aquél proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes, fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquél había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
-¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un Paternóster y un Ave María al Arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles. Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez...
La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.
-¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando..., sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo.
-¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo?... ¡Aquí hay busilis...! Oídlo; qué, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... ¿Y para qué? Para oír una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé, en la catedral, no fue otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... Aquí hay busilis; y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

FIN

sábado, 10 de diciembre de 2011

Aviones, helicópteros e instalaciones aeronáuticas

Tenemos algunas fotografías de bendiciones en CyR que estimo muy adecuadas para mostrar al querido lector en el día de hoy. Hay que recordar que estamos en la fiesta de la Virgen de Loreto, patrona universal de la aviación desde que el papa Benedicto XV así lo dispusiera mediante un breve del 24 de marzo de 1920.

El obispo de Orihuela, don Francisco Javier de Irastorza Loinaz, bendice las instalaciones de la Base Aérea de Los Llanos (Albacete). Es el 27 de abril de 1929.

Bendicion en Argentina de una escuadrilla de hidroaviones Curtiss en 1922.

El beato Juan XXIII bendice un helicóptero en el patio de San Dámaso del Palacio Apostólico Vaticano.

Santísima Virgen de Loreto, ruega por nuestra aviación.

lunes, 5 de diciembre de 2011

La sobrepelliz y el roquete II


El Roquete

Gaspar de Crayer. El Cardenal Infante Fernando de Austria 
Es el roquete una prenda coral privilegiada, de lino blanco, a la cual sólo tienen derecho el papa, los cardenales, los obispos, ciertos miembros de la prelatura romana –protonotarios, auditores de la Rota, votantes de la Signatura, etc.– y, por especial concesión del Romano Pontífice, la mayor parte de los canónigos y aún otros clérigos que lograron su correspondiente licencia. Sin embargo, no es una vestidura propiamente litúrgica, a pesar de lo cual parece oportuno tratarla conjuntamente con la sobrepelliz, dada la notable confusión que existe entre ambas, de lo que nos ocuparemos en la tercera entrega que concluirá el artículo.


Su origen histórico es antiquísimo, pues si bien su nombre actual latino, rochettum,  no se documenta hasta 1220, en un inventario de la parroquia de Ruscomb en Inglaterra, como prenda es sin duda muy anterior, dado que en documentos del siglo IX ya aparecía citada en Roma una vestidura blanca que recibía el nombre de camisia, cuyo uso quedaba reservado a sólo ciertos eclesiásticos. Este primitivo roquete era prenda talar; así se desprende de la exigencia del sínodo de Tréveris de 1238, que reclamaba que llegase hasta los pies; algo similar expresaba en el de Colonia de 1260, donde se instó a que fuese tan largo que no permitiese la visión de las prendas inferiores. De esa misma centuria existen testimonios que confirman que el usado por el papa era de tal largura que incluso debía de serle levantado para caminar. Sin embargo, de una atenta visión de las pinturas de la baja Edad Media y Edad Moderna podemos deducir cómo esta versión talar se fue paulatinamente acortando hasta adquirir la forma actual. El proceso se inicia durante los últimos años del siglo XIV y a finales de la siguiente centuria ya era común que el roquete terminase apenas una cuarta por debajo de la rodilla, justo sobre ésta o incluso ligeramente por encima durante los siglos XVI y XVII, e incluso aún más corto ya en el siglo XVIII. Además, a partir del siglo XVII, el roquete, que inicialmente no había sido objeto de particular ornamentación más allá de su eventual rizado, comenzó a recibir decoración de encaje en hombros, puños y ruedo, que en algunos casos, como frecuentemente sucedía con los prelados franceses, llegaron a consumir buena parte de la prenda, con ruedos de encajes altísimos y puños que alcanzaban media manga. Con todo, el modelo clásico del papa nunca llegó a estos excesos, manteniendo un ruedo de encajes más bien estrecho, del mismo modo que los roquetes de los canónigos y canonesas regulares permanecieron privados de toda decoración. Por comodidad, estas puntillas están generalmente dotadas de un forro del color correspondiente a la sotana coral, como ya vimos al tratar el alba, lo que no obsta a que algunos canónigos sin derecho a sotana coral de color o incluso simples clérigos, hagan uso de estos forros, o que, como volvemos a ver ahora de tanto en tanto, el papa los utilice dorados en las bocamangas de su roquete. Aunque parezca difícil de encajar en nuestras simplificadas categorías mentales postmodernas, hasta la dimensión y diseño de estos encajes ornamentales llegó a estar regulado por algunos decretos.

Pío XI con un roquete fiel al modelo papal clásico, de estrecho ruedo de encajes.
Esta forma que hemos visto cómo se ha ido puliendo con el paso de los siglos hasta quedar en una prenda en todo semejante a un alba acortada, es la que nos ha llegado hasta nuestros días. La facilidad que nos proporciona el medio digital para ilustrar profusamente nuestras palabras con imágenes hace innecesaria más descripción, si bien acaso convenga mencionar que, pese a su parecido con la sobrepelliz, especialmente con la versión romana de ésta -la llamada cotta-, una característica lo diferencia netamente de aquella, la estrechez de sus mangas, que en el roquete se ajustan perfectamente a la sotana y llegan hasta el puño. Por último, señalar que al cuello se cierra bien con botones y ojales, con un broche, con cintas de seda o con un fiador, como es frecuente en España. El del papa está dotado de cintas de seda, pero rematadas por borlas doradas.

Roquete bajo sobrepelliz.
Quienes tienen derecho al roquete lo llevan en el coro, en las procesiones y para la predicación siempre sobre la sotana coral, e ineludiblemente bajo el mantelete o bajo la muceta o la capa magna o incluso bajo la muceta y el mantelete. Para la misa puede conservarse bajo el alba, si bien esto sólo suele acontecer si el prelado celebra la misa pontifical. Para administrar pontificalmente los demás sacramentos, el roquete se cubre con el amito y la capa pluvial, más si lo hace more sacerdotali, sólo le sobrepone la sobrepelliz, si bien esto último lo tendremos que matizar cuando concluyamos este artículo, al haberse alterado estos usos seculares tras las simplificaciones vestimentarias postconciliares. Cuando el color y la materia del traje coral eran sensibles a la penitencia y el duelo, esto es, antes de las aludidas simplificaciones postconciliares, el roquete alteraba su forma, eliminando los encajes, de los que, como mucho, sólo podía quedar vestigio en forma de remate de apenas dos centímetros en puños y ruedo.

Uso episcopal y canonical del roquete. En el centro don Ángel Herrera Oria, obispo de Málaga
Hay que advertir que esta prenda coral no es sólo signo de dignidad, sino también símbolo parlante de jurisdicción. Con esta intención, el concilio IV de Letrán pide a los obispos que utilicen el roquete -superindumenta línea viene denominado- incluso fuera de la iglesia, solicitudes que también encontramos en el Concilio de Toledo de 1473, donde se exhorta a que el obispo lo lleve en público, lo que posteriormente recogería en 1565 el I Concilio de Milán, para terminar quedando codificado su uso en el Ceremonial, ya en 1600. Una sugestiva anécdota de apenas diez años antes, que conocemos a través de Pompeo Sarnelli, relata que cuando en 1590 el cardenal Castagna fue elegido papa como Urbano VII, al momento de tomar el roquete dijo suspirando “Chi crederebbe, che una cosa di tela tanto leggiera pesasse tanto!”. Hoy, casi desaparecido del común conocimiento este carácter jurisdiccional de la prenda, sería incomprensible para muchos semejante lamento papal. Como también nos puede llegar a parecer hasta surrealista, con nuestra miope visión actual de la historia, cuanto aconteció en 1625 en París, adonde había enviado Urbano VIII a su sobrino, el cardenal Francisco Barberini, como legado a latere para negociar una solución al enconado asunto del Valle de Valtellina. Allí el cardenal recusó admitir a su presencia a los obispos de la corte francesa que llevasen el roquete descubierto, y éstos a su vez rechazaron presentarse con la prenda oculta por el mantelete. Y en esas estuvieron su tiempo sin recibirse, hasta alcanzar un acuerdo salomónico que permitía a ambas partes no dar su brazo a torcer: Entraba el obispo con roquete, hacía el ademán de retirárselo, al tiempo que el cardenal le decía algo así como “no por Dios, no es necesario”, y todos tan contentos. Es sin duda un ejemplo más de esa unión casi perfecta, tan característica del antiguo régimen, entre el fondo y la forma.


“Chi crederebbe, che una cosa di tela tanto leggiera pesasse tanto!”
Sólo en relación con la importancia que le imprime este carácter jurisdiccional se alcanza a entender que de todo el traje coral episcopal fuese la única prenda que, según el antiguo Caeremoniale Episcoporum, recibía el nuevo obispo directamente de manos del papa si el nombramiento acontecía durante la estancia en Roma del sacerdote preconizado. No podemos olvidar tampoco a este respecto la elocuencia significativa que supone ver a un obispo cubrir su roquete con el mantelete o dejarlo visible bajo la muceta, dado que, según el uso romano, los obispos titulares ocultan sistemáticamente su roquete bajo el mantelete, como también lo hacían así los residenciales cuando estaban fuera de su propia diócesis -o el metropolitano de su provincia-, y aún dentro de la suya ante un legado apostólico, como sería el caso antes citado del cardenal Francesco Barberini. Con todo, este lenguaje romano del roquete no era completamente universal y no pocas veces quedó sujeto a variadas interpretaciones y usos locales -como por ejemplo sucedía en España-, así como afectado por la confusión que introducían tanto los numerosos indultos para su uso, como por el hecho de que los prelados religiosos no tuviesen en principio derecho a vestirlo. En relación a este particular, discuten los autores la razón última que lo justifica. Ésta podría remontarse al Concilio de Constantinopla de 896, que mandó que los obispos religiosos llevasen el traje de su propia orden, lo que confirmó siglos después el Lateranense IV. No formando el roquete parte del hábito religioso, no harían entonces uso de él estos obispos, quedando a la postre excluida la prenda de los trajes episcopales que, manteniendo el color del propio hábito, adaptaron su forma a semejanza de los prelados seculares.


El Cardenal Montini con el roquete descubierto bajo la muceta
Por último, y llevado por ese utópico afán de agotar los temas que aquí analizamos y exponemos para el querido lector, no querríamos dejar de mencionar algunas particularidades que se dan en el uso del roquete por parte de los cardenales, que ya vimos que hacen ostentación de esta prenda en cualquier territorio, salvo en la Diócesis de Roma, donde lo cubrían con el mantelete, mas manteniendo la muceta. También esta norma tenía sus excepciones que denotan jugosos detalles jurisdiccionales, así, los cardenales deponían el mantelete en su propio título o diaconía, así como en sus propias estancias e incluso en las estancias de otro cardenal si éste le invitaba cortésmente a ello. Durante el consistorio de creación, los nuevos cardenales han asumido siempre el roquete en la habitación del cardenal secretario de Estado, antes de recibir del papa la birreta, tras lo cual volvían a su palacio con el roquete pero aún no lo utiliza al recibir. En las visitas que recíprocamente se hacían el neocardenal y el cardenal decano, el visitado invitaba a descubrir el roquete al visitante, haciéndole quitar el mantelete. Por respeto al papa esta ceremonia no tenía lugar en el Palacio Apostólico. Sólo durante la Sede Vacante deponían los cardenales el mantelete, mostrando el sencillo roquete de luto, de cuyas características y uso nos ocuparemos en otra ocasión.


El Greco. El Cardenal Fernando Niño de Guevara. El mantelete oculta el roquete.


Lat. Rochettum; Fr. Rochet; It. Rocchetto; Ing. Rochet; Por. Roquete; Al. Rochett



sábado, 19 de noviembre de 2011

20-N Elecciones Generales




Pensé que el querido lector podría tener en el día de hoy alguna curiosidad por estas fotos de prelados, clérigos y religiosos votando en elecciones pasadas. Éstas que hoy traigo están tomadas durante la segunda república española. En la que encabeza vemos a un sonriente doctor Narciso de Estenaga y Echevarría, el políglota y cultísimo obispo titular de Dora. Son la elecciones de 1933, aún quedaban razones para el optimismo.


El cardenal Eustaquio Ilundain y Esteban, arzobispo de Sevilla hace cola junto a su secretario durante las elecciones de 1933.

El arzobispo de Valencia, doctor Prudencio Melo y Alcalde, votando en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Dos días más tarde se proclamó la república.

El obispo de Barcelona Manuel Irurita Almadoz votando en las elecciones de febrero de 1936.
"Cola de votantes en la calle Caspe", conocida instantánea del célebre Agustín Centelles. Era el 16 de febrero de 1936.

Monjas en cola para votar en las elecciones generales de 1933.

Y al fin doña Estefaldina que a la salida de misa pasa por el colegio electoral. Pone firme a su presencia al atemorizado presidente de mesa y "con qué ceremonia en los ademanes" ejerce su derecho al voto..

Abríamos con la imagen de un obispo sonriente y cerramos con esta urna en forma de pirámide invertida y truncada, alegoría de tantas cosas y que, por su semejanza a las que sirven de relicario, parece premonitoria del martirio que pocos meses más tarde sufriría el clero español, entre ellos los obispos que aquí hemos visto votar, el beato Narciso de Estenaga, asesinado el 22 de agosto de 1936; y don Manuel Irurita, que indudablemente lo fue en Moncada el 5 de diciembre de 1936.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Noviembre. Mes de los difuntos (I)





"Muerte es fin de cárcel y trabajos, entrada en puerto seguro, término de peregrinación larga, alivio de un peso grave, bajar de un caballo furioso, huir de casa que amenaza ruina, conclusión de enfermedades, evasión de peligros, libertad de males, paga de deuda forzosa, camino de la patria y entrada en la Gloria"

(Del sermón predicado por el padre Colmenares en los funerales de don Juan Alonso de Moscoso, obispo de Málaga. 1614)

sábado, 22 de octubre de 2011

El DOMUND


El Domund en Zalamea la Real (Huelva) Mediados del siglo XX.


Consciente de la importancia de la evangelización de todos los pueblos, la Iglesia dedica octubre a las misiones, por haberse iniciado en ese mes, con el Descubrimiento del Nuevo Mundo, una de las páginas más gloriosas de la historia de la civilización occidental, la verdadera epopeya de convertir y bautizar a todo un entero continente. Durante el siglo XX, un nuevo impulso misionero surgió tras la encíclica Rerum Ecclesiae, que Pío XI promulgó el 28 de febrero de 1926 y que insistía en la idea de que hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora de Cristo era la razón de ser de la Iglesia. Mes y medio más tarde, el 14 de abril, mediante un rescripto firmado por el cardenal Antonio Vico, el papa aprobaba la petición de Propaganda Fiedi de establecer un domingo de oración y difusión de las misiones, que habría de celebrarse en todas las diócesis, parroquias e institutos del mundo católico y con indulgencia plenaria "para quienes en dicho domingo comulgaran y rezaran por la conversión de los infieles”.

Domund en Villena (Alicante), 1952.

Domund en San Sebastián, 1950.

En España, dicho domingo es desde hace casi setenta años conocido como el DOMUND, curiosa palabra, acrónimo imperfecto de Domingo Mundial de las Misiones, que inventara monseñor Ángel Sagarminaga, primer director nacional de las Obras Misionales Pontificias en España, a quién un día le dijo Pío XI «Hable de las Misiones siempre que le dejen» y no paró de hacerlo hasta su muerte. Fue el creador de un modo particular y genuino de celebrar este domingo, y también el entero octubre misionero. Esta manera de vivir el Domund, enormemente popular, hace que su recuerdo permanezca asociado en nuestros mayores a unas alcancías de cerámica vidriada que por sus formas hablaban ya de la necesidad de hacer llegar el Reino de Cristo a todos los hombres, independientemente de su raza o meridiano, y a unas representaciones callejeras que a los que, como sabe el querido lector, pertenecemos a la generación del “sobre del Domund” nos llaman poderosamente la atención por su pintoresquismo, tan elocuente en las fotos que ilustran este artículo.

Recuento de las aportaciones obtenidas en el Colegio de las josefinas con las alcancías. Jerez de la Frontera, 1950.

Una sana competición en la obtención de donativos animaba a los escolares. Los ganadores de los Maristas del Domund de 1952 en Córdoba.
Era común que los chiquillos de los años cuarenta y cincuenta y acaso de los primeros sesenta, vistiendo disfraces de indios, chinos, africanos o misioneros, fuesen por las calles pidiendo con las mencionadas alcancías una ayuda económica para los misioneros. Pero ahí no quedaba todo, también se organizaban representaciones teatrales y cabalgatas que servían para hacer comprender, en palabras del mencionado rescripto, "la grandiosidad del problema misionero, excitar el celo del clero y del pueblo; dar ocasión propicia para conocer cada vez más la Obra de Propagación de la Fe, para promover inscripciones y solicitar la limosna para las misiones; pero sobre todo, a modo de santa cruzada, hacer dulce violencia sobre el Corazón Sacratísimo de Jesús para conseguir que se apresure el reconocimiento universal de su divina majestad."




Tres fotografías de la cabalgata del Domund de Jerez de la Frontera en 1950. 




sábado, 24 de septiembre de 2011

Procesión de la Merced en Barcelona



Hoy celebra Barcelona la fiesta de su patrona, la Virgen de la Merced, que también lo es de mi ciudad. Esta fotografía, recortada de un viejo Blanco y Negro, permite apreciar la procesión barcelonesa de la Merced pasando junto al anuncio de una casa bodeguera jerezana, y es evocador al respecto de esta suerte de hermandad en el patronazgo. Sirvan las imágenes siguientes para recordar lo que fue esta devoción mariana en Barcelona.





 Escondido tras la imagen se encuentra un obsequio para el querido lector.


sábado, 17 de septiembre de 2011

Tiro al blanco

(Imágenes insólitas de la vieja España católica VIII)




sábado, 10 de septiembre de 2011

El Papa, entre la silla gestatoria y la televisión



La decisión de Juan Pablo I de renunciar a la tiara, a la coronación y a la silla gestatoria, fue acogida con una mezcla de simpatía y decepción. Pareció a muchos un error bienintencionado, una deferencia que defraudaba, una humilde disminución de una persona que, por ello mismo, mostraba ser digna de una exaltación mayor. Pronto tuvo que aceptar la silla gestatoria, porque sin ella no podrían verlo los que acudían a la plaza de San Pedro. Hay que añadir que los más defraudados no eran los católicos muy convencidos, sino los que lo veían más o menos “desde fuera” y sentían vagamente que aquellos gestos modestos y, como ahora se dice, “desmitificadores” lo alejaban un poco, hacían más improbable que un día se sintiesen atraídos hasta verlo “desde dentro” (se entiende, desde dentro de la Iglesia).

Hay una curiosa tendencia actual a que las cosas sean lo menos posible. Son muchos los que dan por supuesto que el Rey debe ser lo menos rey que se pueda; mi opinión es muy distinta: si hay rey, si es bueno que lo haya, lo debe ser en plenitud, lo cual no quiere decir sin límites, normas y configuración, sino al contrario, con una figura bien definida y henchida de realidad, lograda y, por consiguiente, eficaz. Análogamente, el mejor Papa no será el que apenas sea Papa sino el que lo sea lo más saturadamente posible y a la vez con mayor pureza, sin entorpecer su misión y su figura con aditamentos postizos y propios de otras magistraturas.

Gracias a Dios, el Papa no tiene poder temporal; ni lo necesita ni puede tenerlo. Con ello queda exento su poder espiritual, sin confusión ni mezcla; y éste -sin asomo de fuerza- conviene que sea el máximo posible. Quiero decir que debe tener la mayor autoridad, el sumo prestigio.

La cosa es tan importante, que los no católicos están curiosamente interesados por el Papa. Creo que son muchos los que se alegran de que “haya Papa” –aunque no lo consideren “suyo”-, porque es una instancia de autoridad que vale para todos en un mundo donde ha predominado la fuerza más o menos bruta, donde se ha procedido a una liquidación general de los prestigios. Más curioso aún es que sea entre católicos donde aparece de vez en cuando la tendencia a “rebajar” al Papa, a podarlo, a reducirlo, a disolverlo en vagas funciones administrativas, a “dictarle” cómo debe ser y qué debe hacer. Creo que no se dan bien cuenta de que entre las maneras de servir, particularmente importante y delicada, que consiste en mandar, en el ejercicio adecuado de la autoridad. Si un piloto de los aviones en que frecuentemente viajo renunciara a disponer el vuelo y consultase a los pasajeros qué altitud, velocidad y ruta deseaban, mi primera reacción sería pedir un paracaídas y tratar de escapar a tal privilegio. La misma sería mi impresión en el quirófano, si el cirujano pretendiese que yo dirigiese la operación.

La figura del Papa ha experimentado un cambio enorme en los últimos decenios, por causas externas y a primera vista de poca importancia. Hasta hace poco, el Papa era un hombre remoto, distante, “prisionero en el Vaticano”, a quien de vez en cuando se veía en una fotografía hierática, que publicaba encíclicas en latín, erizadas de referencias bíblicas, traducidas en lenguaje muy convencional y leíadas, salvo algunos eclesiásticos, por muy pocos y muy fragmentariamente. Algunos mensajes eran transmitidos y comentados, y se recibían por los fieles con casi automático acatamiento, por los anticlericales –especie muy abundante, hoy en vías de extinción- con no menos automática hostilidad.

Hoy las cosas son muy diferentes. La difusión de la prensa ilustrada primero, el cine y la radio después, la televisión sobre todo, han hecho que el Papa tenga existencia visual y auditiva para millones y millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Sabemos qué cara tiene el Papa, cómo es su figura, cómo anda, se mueve y gesticula, qué voz tiene, cómo habla en una u otra lengua, con mayor o menor dominio, con dosis variables de dignidad, elocuencia, simpatía, expresión, emoción o gracia. Funciona como una persona conocida, con proximidad, personalidad, posibilidad real de sentimientos concretos.

Esto quiere decir que las cualidades del hombre cuentan incomparablemente más en la imagen del Papa. A la función sucede la realidad personal que la cumple y realiza. El automático prestigio del Pontificado puede estar intensificado, pero puede ser minado, por las condiciones o la conducta de este hombre singular que ha sido elegido Sumo Pontífice. En lugar de ser una vaga figura envaguecida por los hábitos pontificios, el papa es un rostro inconfundible, una expresión, una manera de estar y dialogar y mirar. La televisión es la nueva silla gestatoria que muestra la realidad del Papa a las multitudes. Y no se olvide algo decisivo: mientras la silla lo exhibía ante una multitud reunida (foule, crowd), con reacciones peculiares de contagio, la televisión los muestra a cada persona en su soledad o en la mínima compañía de la familia o los amigos, en el ámbito privado de la casa; podríamos decir que interioriza al Papa, lo acerca, no al pueblo, sino a cada uno de nosotros.

Nuestra relación con el Papa es forzosamente diferente. Puede ser más entrañable, pero sin duda es crítica, tiene que serlo. Lo que significa y dice tiene que ser puesto a prueba, tiene que contrastarse con su presencia. Tiene que ganarse el prestigio y la autoridad como el pan nuestro de cada día.

¿Cómo? Para mí no cabe duda: siendo plenamente lo que tiene que ser. Y esto significa ser para los hombres el Vicario de Cristo, el que hace sus veces y lo representa, el que transmite, propone, trata de realizar el contenido de la revelación, las normas de una moral, la esperanza religiosa. Servus servorum Dei es uno de los títulos papales. Tiene que servir a los que son siervos filiales de Dios, lo cual quiere decir serlo más que ninguno. El Papa tiene que estar dispuesto a sacrificar todo lo que sea suyo, pero nada de lo que Dios le ha confiado.

Guste o no, naturalmente. Cada época tiene sus particulares aficiones, devociones, hostilidades, incluso manías. El Papa debe tener en cuanta todo esto, puesto que tiene que serlo para los hombres a quienes les ha tocado vivir en el tiempo de su pontificado; por lo pronto, para ser plenamente inteligible. Tiene que hablar, -se dice muchas veces- el lenguaje de la época. Ciertamente, pero sin simplificar demasiado las cosas, sin olvidar que el lenguaje tiene distintos registros o niveles; tiene que hablar el lenguaje de un Papa de la época.

Esto quiere decir que no puede olvidar el carácter sacro de su mensaje. La forma más eficaz de profanación (en el sentido literal de hacer profano lo que es sagrado) es la trivialización. El modelo permanente son las palabras de Cristo en los Evangelios. ¿Hay algo más cercano, inmediato, sencillo, transparente? Y, sin embargo, nunca son triviales, y lo que se descubre a través de su transparencia es el misterio del destino humano y la realidad suprema de Dios.

Son innumerables los temas que preocupan a los hombres; hay que acudir a todas partes para que su vida menesterosa lo sea un poco menos y no pierda su sentido; en cada momento está acechada por tentaciones, peligros, dificultades que cambian con el tiempo, y el Papa tiene que volver sus ojos allí donde ahora son necesarios. Pero esto no quiere decir forzosamente donde los hombres creen, menos aún dicen que hace falta. “Hay de todo en todo” enseñaba Anaxágoras; pero sabía que es cuestión de perspectiva. Hay una jerarquía religiosa de las verdades, de los problemas, de las urgencias, de las virtudes, de los pecados, de las esperanzas. A ésa debe ajustarse el cristiano, hasta donde le sea posible. La inversión de los valores es una grave infracción de la moral. Esto adquiere una seriedad mayor cuando, desde dentro de la religión, se subvierte la verdadera jerarquía religiosa.

No es la única, ciertamente. Hay hombres para quienes ni siquiera tiene sentido. Pero creo que no se puede pedir al Papa que se olvide el encargo que Cristo confirió a San Pedro, para adaptarse a la opinión o a los intereses de estos hombres con los que también tiene que contar, para los cuales también ha sido instituido Papa, a los que tiene que servir precisamente siendo el que tiene que ser.

Julián Marías



Habrá reparado el querido lector en la frescura de este artículo, que pese a sus ya 33 años de hemeroteca en este cambiante y frenético mundo, bien podía haberse escrito ayer, acaso en relación con las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid, que no fueron pocos quienes en los meses previos a su celebración reflexionaron sobre este tipo de eventos de multitudes juveniles, sobre sus pros y sus contras, sobre la conveniencia e inconveniencia de un Papa grave o cercano, por la eventual pérdida de señas de identidad católicas que estos acontecimientos masivos puede acarrear. Es lo que tienen los grandes, que no envejecen, que son eternos porque hablan del Dios de siempre a los hombres de siempre. Sólo un aspecto pueda parecer chocante: el augurio de la desaparición del anticlericalismo fanático; acaso teniendo el problema en casa -27 años por aquel entonces- no quiso verlo, como a tantos padres les suele pasar.