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lunes, 3 de diciembre de 2012

La primera venida a España del brazo de San Francisco Javier

A mis amigos Javier Jiménez López de Eguileta y fray Xavier Català Sellés, por su santo. 

En 1922, con motivo de los trescientos años de la canonización de San Francisco Javier, vino a España por primera vez la reliquia de uno de sus brazos, la que el querido lector seguramente ha venerado cuando ha visitado en Roma la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús en la Argentina.



De aquella ocasión existe un considerable número de fotografías, de las que traemos aquí sólo una selección de las más representativas. Las hemos querido acompañar con la rica crónica que, treinta años después del histórico y devoto acontecimiento, escribiese, bajo el pseudónimo de Tiburcio de Okabío, el catolicísimo carlista navarro -valga la triple redundancia- Ignacio Baleztena Azcárate. La publicó en el Diario de Navarra, pero nosotros la hemos tomado más cómodamente del ejemplar blog que en memoria de su padre mantiene su hijo Javier. La riqueza de detalles en la narración y el patriotismo subyacente, sanamente unido a una religiosidad sincera, muestran algo que, a quienes nos  toca vivir en esta árida postcristiandad, no puede menos que alimentarnos la nostalgia de un paraíso perdido: el entusiasmo y la emoción de una España que de verdad creía en Dios.

Parece que fue ayer, y como quien nada dice, han transcurrido treinta años desde que por primera vez visitó la tierra de sus mayores, el brazo milagroso de nuestro glorioso patrono San Francisco Javier.

Era el 8 de mayo de 1922, cuando, a eso de las cinco y media de la tarde, atravesó la frontera navarra la Santa Reliquia, acompañada de la representación de la Excma. Diputación de Navarra, compuesta de su señor Presidente don Lorenzo Oroz y del diputado de la merindad de Pamplona don Ignacio Baleztena, que había ido a Roma para traerla, y de gran número de navarros que salieron a Bayona para tener el alto honor de acompañarla, desde esta ciudad hasta Roncesvalles. En Valcarlos la esperaban las autoridades civiles y eclesiásticas presididas por el Emmo. Sr. Cardenal Benlloch, a quien tanto debe Navarra, pues gracias a su entusiasmo y gestiones se pudo conseguir, no sin vencer muchas dificultades, que el brazo del Santo Apóstol Navarro, viniera a bendecir la tierra que le vio nacer.



El padre Valdexasas de la Compañía de Jesús, portador del brazo desde Roma, hizo entrega del mismo al Excmo. Sr. Cardenal. Y después de levantada acta, a petición del Sr. Párroco de Valcarlos, se dio a adorar la reliquia en la parroquia de la villa. No creo que jamás haya Valcarlos vibrado de entusiasmo, en todo el transcurso de la historia, como lo hizo el día 8 de mayo de hace treinta años.

Después de la bendición se organizó la comitiva, que salió de Valcarlos a las siete y media, y al llegar a Roncesvalles, salieron a recibirla el Ilmo. Cabildo de su Colegiata, todo el pueblo de Burguete y Roncesvalles y un sin número de gentes de los pueblos y valles limítrofes. El entusiasmo fue sencillamente delirante. A la mañana siguiente, a las diez, se celebró en la iglesia colegial, y ante el altar de Santa María, una solemne misa mayor, a la que asistió de medio pontifical el eminentísimo cardenal Benlloch, el obispo de Pamplona y el dimisionario de Oviedo, el Ilmo. Sr. Baztán.



Fue tal el gentío que acudió al piadoso acto, que a gran parte de él fue imposible penetrar en la iglesia, quedando, por lo tanto, sin poder escuchar el elocuente sermón del señor cardenal que versó sobre la ceremonia del bautismo.

Los valles de Arce y Erro, presididos por sus alcalde y cabildos, vinieron en masa a Roncesvalles, y según aseguraban los vecinos de Burguete, nunca se había visto desfilar tan gran número de cruceros. Este desfile fue la nota simpática y emotiva de aquel inolvidable acto religioso patriótico.

A continuación, y durante toda la mañana, se dio a adorar la santa reliquia, y después de comer, a las tres de la tarde, seguido de 42 automóviles de Pamplona, salió el santo brazo dejando en su paso por los pueblos del tránsito semilla de entusiasmo y lealtad, traducidos en años sucesivos en un enorme fomento de vocaciones que pudo salvar a España en el momento más crítico, tal vez, de su historia.

El paso por Aoiz, Arroz, Huarte, Villava y Burlada fue sublimemente apoteósico. En Huarte estuvo a punto de ocurrir un accidente catastrófico, pues en el estrepitoso coheteo general, el entusiasta navarro e ilustre patricio don Ignacio Yoldi, que desde el balcón de su casa, rodeado de familiares y amigos, lanzaba vivas y disparaba cohetes gastando una fortuna en humo, chisporroteo y horrísonos estampidos, al cebar un volador, con más entusiasmo que práctica, lo hizo con tan poco tino que vino a estallar a un palmo del alucinante tubo del entonces gallardo diputado de la merindad de Pamplona. El tubo salió un tanto chamuscado. El diputado, gracias a Dios, indemne, que si llega a salir descalabrado ¡menuda economía que le supone al estado! La supresión, nada menos, de una familia de las más nutridas cartillas de familias numerosas.



En Pamplona, ya para las primeras horas de la tarde, la animación era extraordinaria; todos los balcones lucieron colgaduras y luminarias, los gigantes y cabezudos salieron a recoger el regocijo infantil para ofrendárselo al Santo patrono de Navarra, una compañía de soldados, las músicas de los regimientos y la Pamplonesa se colocaron en puntos estratégicos, el vecindario en masa y gran número de forasteros se apretujaban en balcones y trayecto de San Ignacio a San Nicolás, y cuando apareció la comitiva, bombas, voladores, chupinazos, campaneo, músicas, gaitas armaron ese caótico bureo tan pamplonés, que sólo los tímpanos de nuestra tierra son capaces de escuchar sin peligro a desgarrarse, y constituyen el concierto más grato a los oídos de San Fermín cuando entra su imagen en la catedral; en esta ocasión no cabe duda, que pasó lo mismo a su paisano Javier. ¡Cómo se la debieron los dos gozar cuando abrazados la escucharon en el cielo!

Allá fue adorado por las autoridades civiles y militares, y acto seguido, a las siete y media, salió la procesión recorriendo las calles: Paseo de Valencia, Plaza del Castillo, Chapitela, Dña. Blanca de Navarra y Curia, para terminar en la catedral. La procesión se organizó de la misma forma que la del Corpus.

Digno remate de esta manifestación patriótica religiosa, fue el acto final realizado en la catedral, que se vió invadida por una multitud, que, después de llenar todas sus naves, tuvo gran parte de ella que detenerse en la parte exterior desde donde, descubierta y en el mayor silencio, recibió la bendición solemne, con lo que terminó el acto.

Y ya, desde entonces, los actos en honor del santo apóstol navarro se fueron sucediendo sin interrupción en medio del mayor entusiasmo. Todos los pueblos querían tener el honor de recibir el sagrado brazo y fue necesario organizar una serie de visitas a los puntos principales donde podría reunirse el mayor número de pueblos circunvecinos.

Las fiestas culminaron con la gran peregrinación a Javier y los grandes festejos celebrados en la capital, que duraron del día 20 al 25, terminando con aquella magnífica procesión a la que asistieron todos los ayuntamientos con sus banderas y cruces parroquiales de Navarra, y por no faltar nada, hasta hubo el día 25 una gran corrida de toros con su correspondiente encierro, en la que lidiaron seis boyarrones de la ganadería de Díaz los afamados espadas Joselito Martín, Valencia I y Emilio Méndez.

A la izquierda, con boina, el autor de la crónica.
Siguió durante el día músicas a todo pasto a cargo de varias bandas de la región, y fuegos, y zezenzusko hasta hartarse. En fin, que no se tuvo que envidiar a las fiestas religiosas y profanas celebradas en el año 1622, cuando la ciudad de Pamplona celebró la canonización de Xavier, con solemnes funciones religiosas y magníficas funciones de toros y torneos, de los que tal vez me ocupe algún día.