sábado, 19 de noviembre de 2011

20-N Elecciones Generales




Pensé que el querido lector podría tener en el día de hoy alguna curiosidad por estas fotos de prelados, clérigos y religiosos votando en elecciones pasadas. Éstas que hoy traigo están tomadas durante la segunda república española. En la que encabeza vemos a un sonriente doctor Narciso de Estenaga y Echevarría, el políglota y cultísimo obispo titular de Dora. Son la elecciones de 1933, aún quedaban razones para el optimismo.


El cardenal Eustaquio Ilundain y Esteban, arzobispo de Sevilla hace cola junto a su secretario durante las elecciones de 1933.

El arzobispo de Valencia, doctor Prudencio Melo y Alcalde, votando en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Dos días más tarde se proclamó la república.

El obispo de Barcelona Manuel Irurita Almadoz votando en las elecciones de febrero de 1936.
"Cola de votantes en la calle Caspe", conocida instantánea del célebre Agustín Centelles. Era el 16 de febrero de 1936.

Monjas en cola para votar en las elecciones generales de 1933.

Y al fin doña Estefaldina que a la salida de misa pasa por el colegio electoral. Pone firme a su presencia al atemorizado presidente de mesa y "con qué ceremonia en los ademanes" ejerce su derecho al voto..

Abríamos con la imagen de un obispo sonriente y cerramos con esta urna en forma de pirámide invertida y truncada, alegoría de tantas cosas y que, por su semejanza a las que sirven de relicario, parece premonitoria del martirio que pocos meses más tarde sufriría el clero español, entre ellos los obispos que aquí hemos visto votar, el beato Narciso de Estenaga, asesinado el 22 de agosto de 1936; y don Manuel Irurita, que indudablemente lo fue en Moncada el 5 de diciembre de 1936.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Noviembre. Mes de los difuntos (I)





"Muerte es fin de cárcel y trabajos, entrada en puerto seguro, término de peregrinación larga, alivio de un peso grave, bajar de un caballo furioso, huir de casa que amenaza ruina, conclusión de enfermedades, evasión de peligros, libertad de males, paga de deuda forzosa, camino de la patria y entrada en la Gloria"

(Del sermón predicado por el padre Colmenares en los funerales de don Juan Alonso de Moscoso, obispo de Málaga. 1614)

sábado, 22 de octubre de 2011

El DOMUND


El Domund en Zalamea la Real (Huelva) Mediados del siglo XX.


Consciente de la importancia de la evangelización de todos los pueblos, la Iglesia dedica octubre a las misiones, por haberse iniciado en ese mes, con el Descubrimiento del Nuevo Mundo, una de las páginas más gloriosas de la historia de la civilización occidental, la verdadera epopeya de convertir y bautizar a todo un entero continente. Durante el siglo XX, un nuevo impulso misionero surgió tras la encíclica Rerum Ecclesiae, que Pío XI promulgó el 28 de febrero de 1926 y que insistía en la idea de que hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora de Cristo era la razón de ser de la Iglesia. Mes y medio más tarde, el 14 de abril, mediante un rescripto firmado por el cardenal Antonio Vico, el papa aprobaba la petición de Propaganda Fiedi de establecer un domingo de oración y difusión de las misiones, que habría de celebrarse en todas las diócesis, parroquias e institutos del mundo católico y con indulgencia plenaria "para quienes en dicho domingo comulgaran y rezaran por la conversión de los infieles”.

Domund en Villena (Alicante), 1952.

Domund en San Sebastián, 1950.

En España, dicho domingo es desde hace casi setenta años conocido como el DOMUND, curiosa palabra, acrónimo imperfecto de Domingo Mundial de las Misiones, que inventara monseñor Ángel Sagarminaga, primer director nacional de las Obras Misionales Pontificias en España, a quién un día le dijo Pío XI «Hable de las Misiones siempre que le dejen» y no paró de hacerlo hasta su muerte. Fue el creador de un modo particular y genuino de celebrar este domingo, y también el entero octubre misionero. Esta manera de vivir el Domund, enormemente popular, hace que su recuerdo permanezca asociado en nuestros mayores a unas alcancías de cerámica vidriada que por sus formas hablaban ya de la necesidad de hacer llegar el Reino de Cristo a todos los hombres, independientemente de su raza o meridiano, y a unas representaciones callejeras que a los que, como sabe el querido lector, pertenecemos a la generación del “sobre del Domund” nos llaman poderosamente la atención por su pintoresquismo, tan elocuente en las fotos que ilustran este artículo.

Recuento de las aportaciones obtenidas en el Colegio de las josefinas con las alcancías. Jerez de la Frontera, 1950.

Una sana competición en la obtención de donativos animaba a los escolares. Los ganadores de los Maristas del Domund de 1952 en Córdoba.
Era común que los chiquillos de los años cuarenta y cincuenta y acaso de los primeros sesenta, vistiendo disfraces de indios, chinos, africanos o misioneros, fuesen por las calles pidiendo con las mencionadas alcancías una ayuda económica para los misioneros. Pero ahí no quedaba todo, también se organizaban representaciones teatrales y cabalgatas que servían para hacer comprender, en palabras del mencionado rescripto, "la grandiosidad del problema misionero, excitar el celo del clero y del pueblo; dar ocasión propicia para conocer cada vez más la Obra de Propagación de la Fe, para promover inscripciones y solicitar la limosna para las misiones; pero sobre todo, a modo de santa cruzada, hacer dulce violencia sobre el Corazón Sacratísimo de Jesús para conseguir que se apresure el reconocimiento universal de su divina majestad."




Tres fotografías de la cabalgata del Domund de Jerez de la Frontera en 1950. 




sábado, 24 de septiembre de 2011

Procesión de la Merced en Barcelona



Hoy celebra Barcelona la fiesta de su patrona, la Virgen de la Merced, que también lo es de mi ciudad. Esta fotografía, recortada de un viejo Blanco y Negro, permite apreciar la procesión barcelonesa de la Merced pasando junto al anuncio de una casa bodeguera jerezana, y es evocador al respecto de esta suerte de hermandad en el patronazgo. Sirvan las imágenes siguientes para recordar lo que fue esta devoción mariana en Barcelona.





 Escondido tras la imagen se encuentra un obsequio para el querido lector.


sábado, 17 de septiembre de 2011

Tiro al blanco

(Imágenes insólitas de la vieja España católica VIII)




sábado, 10 de septiembre de 2011

El Papa, entre la silla gestatoria y la televisión



La decisión de Juan Pablo I de renunciar a la tiara, a la coronación y a la silla gestatoria, fue acogida con una mezcla de simpatía y decepción. Pareció a muchos un error bienintencionado, una deferencia que defraudaba, una humilde disminución de una persona que, por ello mismo, mostraba ser digna de una exaltación mayor. Pronto tuvo que aceptar la silla gestatoria, porque sin ella no podrían verlo los que acudían a la plaza de San Pedro. Hay que añadir que los más defraudados no eran los católicos muy convencidos, sino los que lo veían más o menos “desde fuera” y sentían vagamente que aquellos gestos modestos y, como ahora se dice, “desmitificadores” lo alejaban un poco, hacían más improbable que un día se sintiesen atraídos hasta verlo “desde dentro” (se entiende, desde dentro de la Iglesia).

Hay una curiosa tendencia actual a que las cosas sean lo menos posible. Son muchos los que dan por supuesto que el Rey debe ser lo menos rey que se pueda; mi opinión es muy distinta: si hay rey, si es bueno que lo haya, lo debe ser en plenitud, lo cual no quiere decir sin límites, normas y configuración, sino al contrario, con una figura bien definida y henchida de realidad, lograda y, por consiguiente, eficaz. Análogamente, el mejor Papa no será el que apenas sea Papa sino el que lo sea lo más saturadamente posible y a la vez con mayor pureza, sin entorpecer su misión y su figura con aditamentos postizos y propios de otras magistraturas.

Gracias a Dios, el Papa no tiene poder temporal; ni lo necesita ni puede tenerlo. Con ello queda exento su poder espiritual, sin confusión ni mezcla; y éste -sin asomo de fuerza- conviene que sea el máximo posible. Quiero decir que debe tener la mayor autoridad, el sumo prestigio.

La cosa es tan importante, que los no católicos están curiosamente interesados por el Papa. Creo que son muchos los que se alegran de que “haya Papa” –aunque no lo consideren “suyo”-, porque es una instancia de autoridad que vale para todos en un mundo donde ha predominado la fuerza más o menos bruta, donde se ha procedido a una liquidación general de los prestigios. Más curioso aún es que sea entre católicos donde aparece de vez en cuando la tendencia a “rebajar” al Papa, a podarlo, a reducirlo, a disolverlo en vagas funciones administrativas, a “dictarle” cómo debe ser y qué debe hacer. Creo que no se dan bien cuenta de que entre las maneras de servir, particularmente importante y delicada, que consiste en mandar, en el ejercicio adecuado de la autoridad. Si un piloto de los aviones en que frecuentemente viajo renunciara a disponer el vuelo y consultase a los pasajeros qué altitud, velocidad y ruta deseaban, mi primera reacción sería pedir un paracaídas y tratar de escapar a tal privilegio. La misma sería mi impresión en el quirófano, si el cirujano pretendiese que yo dirigiese la operación.

La figura del Papa ha experimentado un cambio enorme en los últimos decenios, por causas externas y a primera vista de poca importancia. Hasta hace poco, el Papa era un hombre remoto, distante, “prisionero en el Vaticano”, a quien de vez en cuando se veía en una fotografía hierática, que publicaba encíclicas en latín, erizadas de referencias bíblicas, traducidas en lenguaje muy convencional y leíadas, salvo algunos eclesiásticos, por muy pocos y muy fragmentariamente. Algunos mensajes eran transmitidos y comentados, y se recibían por los fieles con casi automático acatamiento, por los anticlericales –especie muy abundante, hoy en vías de extinción- con no menos automática hostilidad.

Hoy las cosas son muy diferentes. La difusión de la prensa ilustrada primero, el cine y la radio después, la televisión sobre todo, han hecho que el Papa tenga existencia visual y auditiva para millones y millones de hombres y mujeres de todo el mundo. Sabemos qué cara tiene el Papa, cómo es su figura, cómo anda, se mueve y gesticula, qué voz tiene, cómo habla en una u otra lengua, con mayor o menor dominio, con dosis variables de dignidad, elocuencia, simpatía, expresión, emoción o gracia. Funciona como una persona conocida, con proximidad, personalidad, posibilidad real de sentimientos concretos.

Esto quiere decir que las cualidades del hombre cuentan incomparablemente más en la imagen del Papa. A la función sucede la realidad personal que la cumple y realiza. El automático prestigio del Pontificado puede estar intensificado, pero puede ser minado, por las condiciones o la conducta de este hombre singular que ha sido elegido Sumo Pontífice. En lugar de ser una vaga figura envaguecida por los hábitos pontificios, el papa es un rostro inconfundible, una expresión, una manera de estar y dialogar y mirar. La televisión es la nueva silla gestatoria que muestra la realidad del Papa a las multitudes. Y no se olvide algo decisivo: mientras la silla lo exhibía ante una multitud reunida (foule, crowd), con reacciones peculiares de contagio, la televisión los muestra a cada persona en su soledad o en la mínima compañía de la familia o los amigos, en el ámbito privado de la casa; podríamos decir que interioriza al Papa, lo acerca, no al pueblo, sino a cada uno de nosotros.

Nuestra relación con el Papa es forzosamente diferente. Puede ser más entrañable, pero sin duda es crítica, tiene que serlo. Lo que significa y dice tiene que ser puesto a prueba, tiene que contrastarse con su presencia. Tiene que ganarse el prestigio y la autoridad como el pan nuestro de cada día.

¿Cómo? Para mí no cabe duda: siendo plenamente lo que tiene que ser. Y esto significa ser para los hombres el Vicario de Cristo, el que hace sus veces y lo representa, el que transmite, propone, trata de realizar el contenido de la revelación, las normas de una moral, la esperanza religiosa. Servus servorum Dei es uno de los títulos papales. Tiene que servir a los que son siervos filiales de Dios, lo cual quiere decir serlo más que ninguno. El Papa tiene que estar dispuesto a sacrificar todo lo que sea suyo, pero nada de lo que Dios le ha confiado.

Guste o no, naturalmente. Cada época tiene sus particulares aficiones, devociones, hostilidades, incluso manías. El Papa debe tener en cuanta todo esto, puesto que tiene que serlo para los hombres a quienes les ha tocado vivir en el tiempo de su pontificado; por lo pronto, para ser plenamente inteligible. Tiene que hablar, -se dice muchas veces- el lenguaje de la época. Ciertamente, pero sin simplificar demasiado las cosas, sin olvidar que el lenguaje tiene distintos registros o niveles; tiene que hablar el lenguaje de un Papa de la época.

Esto quiere decir que no puede olvidar el carácter sacro de su mensaje. La forma más eficaz de profanación (en el sentido literal de hacer profano lo que es sagrado) es la trivialización. El modelo permanente son las palabras de Cristo en los Evangelios. ¿Hay algo más cercano, inmediato, sencillo, transparente? Y, sin embargo, nunca son triviales, y lo que se descubre a través de su transparencia es el misterio del destino humano y la realidad suprema de Dios.

Son innumerables los temas que preocupan a los hombres; hay que acudir a todas partes para que su vida menesterosa lo sea un poco menos y no pierda su sentido; en cada momento está acechada por tentaciones, peligros, dificultades que cambian con el tiempo, y el Papa tiene que volver sus ojos allí donde ahora son necesarios. Pero esto no quiere decir forzosamente donde los hombres creen, menos aún dicen que hace falta. “Hay de todo en todo” enseñaba Anaxágoras; pero sabía que es cuestión de perspectiva. Hay una jerarquía religiosa de las verdades, de los problemas, de las urgencias, de las virtudes, de los pecados, de las esperanzas. A ésa debe ajustarse el cristiano, hasta donde le sea posible. La inversión de los valores es una grave infracción de la moral. Esto adquiere una seriedad mayor cuando, desde dentro de la religión, se subvierte la verdadera jerarquía religiosa.

No es la única, ciertamente. Hay hombres para quienes ni siquiera tiene sentido. Pero creo que no se puede pedir al Papa que se olvide el encargo que Cristo confirió a San Pedro, para adaptarse a la opinión o a los intereses de estos hombres con los que también tiene que contar, para los cuales también ha sido instituido Papa, a los que tiene que servir precisamente siendo el que tiene que ser.

Julián Marías



Habrá reparado el querido lector en la frescura de este artículo, que pese a sus ya 33 años de hemeroteca en este cambiante y frenético mundo, bien podía haberse escrito ayer, acaso en relación con las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid, que no fueron pocos quienes en los meses previos a su celebración reflexionaron sobre este tipo de eventos de multitudes juveniles, sobre sus pros y sus contras, sobre la conveniencia e inconveniencia de un Papa grave o cercano, por la eventual pérdida de señas de identidad católicas que estos acontecimientos masivos puede acarrear. Es lo que tienen los grandes, que no envejecen, que son eternos porque hablan del Dios de siempre a los hombres de siempre. Sólo un aspecto pueda parecer chocante: el augurio de la desaparición del anticlericalismo fanático; acaso teniendo el problema en casa -27 años por aquel entonces- no quiso verlo, como a tantos padres les suele pasar.

martes, 12 de julio de 2011

Corpus Christi en San Sebastián y II

(Imágenes insólitas de la vieja España católica VII)

Con las dos fotografías que traemos aquí para deleite del amante de las imágenes del paleocatolicismo hispano del pasado siglo, cerramos este artículo gráfico en dos entregas dedicado al Corpus Christi easonense. De nuevo vuelve a sentirse el sabor de esa casi perdida dimensión social de una fe que identificaba a todo un pueblo, que era vivida de manera colectiva, sin dejar por ello de permanecer profundamente enraizada en cada singular corazón, algo que aún queda en el recuerdo de los más mayores y que les alimenta la nostalgia, ahora si cabe esperanzada por el interés, y hasta la fascinación, que despiertan estampas como éstas en las generaciones más jóvenes.

Esta primera fotografía, algo deteriorada como se aprecia, muestra elementos habituales de cualquier procesión del Corpus de las de antes. Ahí están los militares cubriendo la carrera y escoltando al Santísimo, los turiferarios echando humo y los ceroferarios con altos faroles, el monaguillo de la umbela que ya vimos la otra vez, los balcones colgados, etc. Pero muchos de estos elementos comunes muestran características particulares dignas de tratar. Voy a referirme a tres de ellos: En primer lugar a esos faroles cogidos al asta por una pieza en forma de horquilla, en evidente contagio morfológico de las farolas de las calles en aquellos años veinte, lo que ponen de manifiesto la sugestión ejercida por las novedades que introducía el alumbrado público. Pero a lo que vamos, fíjense que el monaguillo que lleva la umbela plegada, porta en su mano izquierda una suerte de sacra que contiene las oraciones previstas para rezar en estaciones como las que vimos en la anterior entrega. Por último, ocupémonos del originalísimo palio. Se trata de una pieza octogonal metálica, que suponemos de plata o plateada,  y cuyo sinuoso y recortado perfil, si bien convenientemente cristianizado por el Cordero místico que lo corona, parece evocar más al İftariye Köşkü que a la tienda del Arca de la Alianza. El menudo bordado de las caídas de seda contribuye a incrementar el aire orientalizante del conjunto.


En el incomparable marco de la bahía de La Concha, con el monte Urgull de fondo y los hermanos de La Salle con su característico rabat acompañando la procesión, nos encontramos con una instantánea de otra procesión del Corpus, distinta de la anterior pero semejante también en la mayor parte de sus elementos. Aún así merece ser comentados un par de aspectos: En primer lugar fíjese bien en las farolas de la calle y compárelas con los faroles de la procesión a la luz de lo antes dicho. No me negará, querido lector, algo de razón en el argumento. El último aspecto sobre el que quiero llamar la atención es la presencia de monaguillos con extrañas sotanas de color blanco, que también estaban presentes en la anterior imagen, y que quizá algún lector donostiarra nos podrá aclarar. 

Vistas las fotos, se habrá percatado el agudo y querido lector que nos salen tres palios distintos si añadimos a los dos de hoy el que ya vimos la última vez. Pienso que se explica, más que por su continua sustitución en pocos años, por tratarse, eso creo, de distintas minervas parroquiales, que parecen competir piadosamente entre ellas en solemnidad y riqueza para mayor honra de Cristo Sacramentado y para mejor evocar la Gloria de Dios con nuestros limitados recursos sensoriales de naturaleza material. Son los últimos coletazos de aquella práctica tan característica de la religiosidad del antiguo régimen que llamaban santa emulación, estímulo poderoso que tanto movía la piedad de los corazones fervorosos.