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martes, 9 de noviembre de 2010

Spain was different y II. El bonete episcopal

Otra preterita y significativa particularidad del traje coral prelaticio de corte hispano fue la que afectó a la forma de su bonete. Este característico cubrecabezas eclesiástico que completa el traje coral y que nuestros obispos y arzobispos hoy nunca saben si llevar puesto, pasearlo en mano, dejarlo en palacio o ni siquiera comprarse, fue hasta hace poco más de un siglo netamente distinto en España del usado en el resto del Orbe católico, donde el rígido y cuadrado bonete romano había ido fagocitando las distintas particularidades nacionales, que apenas quedaron limitadas al número de sus crestas, tres o cuatro, y que suponía el último estadio evolutivo del mórbido bonete medieval.

Más semejante a este último es el que usan los clérigos hispanos, que hoy nos sirve para imaginar cómo fue hasta hace poco más de un siglo el de nuestros obispos y arzobispos, que se mostraban orgullosos de sus tradicionales bonetes redondos, rígidos y de picos, prácticamente fosilizados en su forma desde el siglo XVI. Eran en todo semejantes a los de cualquier clérigo, salvo en el color de su borla pues, a excepción de los cardenales, que siempre lo han recibido de Roma -y de forma romana- de aquel bello color rojo púrpura que evoca la sangre de los mártires, el resto de la prelatura y clericatura siempre lo tuvo negro. Claro que hubo usos y abusos, por ello se pueden ver cuadros de prelados, sobre todo en la Nueva España, con bonetes hispanos de color morado, ceniza o añil. La práctica general marcaba que la borla fuese morada en el caso de los obispos, más los prelados españoles la llevaban mayoritariamente verde, color episcopal. Reminiscencia de aquel uso de bonetes negros con borla verde por parte de nuestros obispos y arzobispos es la pervivencia mayoritaria de idénticos cubrecabezas como parte del traje de coro de los cabildos catedralicios españoles, que siempre trataron de emular en forma y color a los capisayos y capas episcopales.

Sin embargo, frente a aquellas particularidades del traje coral prelaticio de corte hispano que ya vimos que pervivieron hasta mediados de la pasada centuria, el bonete español murió al mismo tiempo que lo hacía el siglo XIX. La presencia en Roma de un buen grupo de prelados españoles durante el Concilio Vaticano I propició la paulatina introducción del modelo romano en España, probablemente ya con borla morada en muchos casos, lo que dejaría abonado el terreno para que con la Praeclaro Divinae Gratiae de tres de febrero de 1898 de León XIII, que obligó a todos los obispos a cambiar muy gustosamente el bonete negro por el morado, se terminase por extinguir la variante episcopal del modelo español. 







Ilustran el artículo de arriba abajo: Retrato pictórico de don José Flórez Osorio, obispo de Cuenca entre los años 1738 y 1759; don Pedro Casas Souto, obispo de Plasencia entre 1875 y 1906; y don León Federico Aneiros, que rigió el arzobispado de Buenos Aires desde 1870 a 1894, primero como administrador  siendo obispo titular de Aulón y luego como su segundo arzobispo. Del mismo también se muestra, orante, sobre su propia tumba.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Spain was different I. Sobre algunas pretéritas particularidades hispanas del traje coral prelaticio

Comprobamos en las actuales ceremonias papales de Roma una sorprendente uniformidad formal y cromática entre los capisayos de obispos, arzobispos y cardenales; uniformidad que apenas interrumpen -como excepción que confirma la regla- los prelados de rito oriental, con sus sugerentes particularidades que tan celosamente como seña de identidad mantienen. Sin embargo, no siempre fue así. A las diferencias de color que caracterizaban a los prelados religiosos y que duraron hasta 1969, debemos añadir la carta de morados que supondría la asistencia coral a cualquier ceremonia de los obispos venidos de distintas partes del mundo. Esta circunstancia duró hasta que un decreto de la Sagrada Congregación Ceremonial de 24 de junio de 1933 estableciese, mediante un retal de tela que cualquiera puede ver fijado a la página de las Acta Apostolicae Sedis donde se reproduce el decreto, cuál había de ser el tono preciso del morado episcopal de sus excelencias reverendísimas que a partir de aquel momento quedaría asimilado al paonazzo romano. Y es que al no tratarse de un color primario como el caso del rojo de los cardenales, sino de una combinación de azul y rojo había propiciado la existencia de casi tantos morados como obispos.

Los prelados hispanos interpretaban el colore violaceo como una composición cromática donde la parte de azul era muy superior a la de rojo, llegando en ocasiones a encontrarnos con ejemplos donde el tono de los capisayos era tan celeste como el cielo de una bonita mañana de primavera; las galerías de retratos de nuestros palacios episcopales, seminarios y catedrales están llenas de ejemplos. Ahora bien, aunque sea ésta una diferencia notable respecto al uso romano, no se trataba de una particularidad únicamente hispánica, dado que azules semejantes también podemos ver en las sotanas, capas, manteletes y mucetas episcopales de otros prelados extranjeros, como los franceses por ejemplo. Sin embargo sí que existían en España notables particularidades de corte y uso entre las distintas prendas que conforman el traje coral episcopal y cardenalicio. Vayamos por partes.

En cuanto a la sotana, el fajín y la muceta poco o nada cabría señalar, salvo el uso extendido a todo el episcopado de esta última prenda, en combinación con el mantelete, al que quedaba superpuesto. Sí, como los cardenales en Roma siempre que no hubiese Sede vacante, en España los obispos acostumbraban a superponer al roquete el mantelete y a éste, la muceta. Así, si el uso romano y general preveía la muceta para el obispo dentro del territorio de su jurisdicción y el mantelete en su lugar fuera de él, en España la costumbre era menos sofisticada, ya que se podría resumir en que todos lo usaban todo, dado que ambas prendas, una sobre la otra, eran las que igualmente llevaban los obispos auxiliares, contrariamente al uso general de llevar sólo el mantelete. Colegialidad patria avant la lettre.

A partir del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona se fue introduciendo en España el ya mencionado uso general, que quedaría luego consolidado durante el último concilio ecuménico Vaticano, y que duraría bien poco, al desaparecer la prenda cuando en la segunda sesión de dicho concilio se pidió a los obispos que depusieran el mantelete y usasen la muceta, en signo de jurisdicción colegial; y, definitivamente, cuando en 1969 su uso quedase abrogado por la revolucionaria Ut sive sollicite. De tan sorprendente como feliz podemos calificar la idea del actual primado de España de rescatar el uso simultaneo de muceta y mantelete, lo haya hecho por un improbable arrebato de gusto por las tradiciones vestimentarias hispanas o simplemente por combatir el recio frío pucelano.

Hay que señalar, además, que el mantelete hispano difería del romano en que mientras que este último mostraba las vistas del forro carmesí, el hispano carecía de éstas y en cambio contaba con la presencia de ojales y botones decorativos desconocidos fuera de España, y que también aquí fue perdiendo a lo largo del siglo XX a medida que nuestros prelados se iban “romanizando”. Aunque no hay reglas fijas, pues comprobamos tras contemplar retratos históricos como el del cardenal Niño de Guevara, que siempre hubo prelados hispanos que prefirieron para su traje coral el modelo romano.

Por último, la capa magna, esa solemnísima prenda que ya hoy los obispos no usan ni en sus diócesis ni en las festividades más solemnes -en la mía no la vemos desde 1980- sería la pieza que gozaría de mayores particularidades respecto al modelo romano. Un buen conocedor de estas prendas me explicó que las diferencias se concretaban en que “el capirote romano es de proporciones generosas, llega hasta el codo y a veces lo sobrepasa, es redondo, sin dobleces laterales, sin alamares en los hombros, y el capuchón, que es más bien pequeño, es un apéndice al extremo de la caída del capirote, y se abotona al hombro derecho. El capirote hispano es más corto que el romano, tiene forma por delante de ancho babero, con los lados doblados mostrando parcialmente el forro, lleva alamares, y detrás termina en pico; el capuchón es de tamaño regular y está unido al babero; suele llevar una discreta gorguerilla o golilla de encaje alrededor del cuello. El romano está enteramente cubierto de pieles en su versión invernal, el hispano sólo el babero y el interior del capuchón. La capa romana es redonda y llega a los pies, como una casulla antigua ancha; hay que recogerla por delante al andar. La capa hispana es eso, una capa abierta, con los vuelos del forro a la vista. Ambos tipos de capa terminan en larga cola.” En definitiva, una pieza que, salvo en la cauda, es en todo semejante a las invernales capas de coro de nuestros canónigos españoles, quienes sin duda la imitaron. Hoy podemos ver la copia, mas no el original.

Continuará...